La amenaza a la mano. Columna de opinión sobre la “Operación Huracán”

Hace unas semanas estalló el conflicto institucional más grande que se haya visto desde el retorno a la democracia en nuestro país: la falsificación de evidencia por parte de Carabineros en la denominada “operación huracán” y su posterior negativa a obedecer tanto las órdenes de la Fiscalía como del Poder Judicial que debían ser cumplidas por funcionarios de Investigaciones.

Negándose a cumplir, los uniformados verdes en cuestión se atrincheraron en su cuartel verdiblanco y lo rodearon con fuerzas especiales, en una muestra sin precedentes de resistencia armada en nuestra joven democracia, casi recién devuelta por el poder militar y policial que la tuvo secuestrada desde 1973 hasta 1990.

“Las Fuerzas Armadas y de orden son esencialmente obedientes y no deliberantes”, es el principio que repetimos como loros escolares. Lo cierto es que usualmente se mal entiende su significado: no quiere decir que un carabinero o soldado no pueda hablar ni opinar públicamente de política, sino simplemente que esto no puede hacerse de forma corporativa. Son las Fuerzas Armadas las no deliberantes, no sus miembros individuales, que son tan ciudadanos como todos.

La razón detrás de este principio es clara: no se puede deliberar con armas. No estamos en tiempo de parlamentos al estilo de Jack Sparrow, donde en medio del cese al fuego se discute, con la pistola al cinto -enfundada pero siempre presente como terrible amenaza; a la mano para convertir a quien dialoga en enemigo- sino en tiempos de deliberación, donde debiéramos confiar más en la fuerza de la razón que en la razón o la fuerza.

Este es el quid del asunto: la tan preciada obediencia de la policía uniformada (Carabineros) mostró su primera y peligrosa excepción, una excepción que si no es correcta y ejemplarmente sometida puede convertirse en amenaza. Porque el primer paso es rebelarse en un cuartel, y el segundo paso es un primer disparo desobediente. Desde ese disparo no hay vuelta atrás. El precio de esa bala es nuestra propia democracia. El precio de esa bala es la paz en la que vivimos.

Por Matías Benfeld Garcés
Presidente Regional Juventud Radical de Valparaíso