La colusión y la izquierda

Más allá de la natural y estomacal rabia que nos indigesta -casi automáticamente- al enterarnos de supuestos descubrimientos de casos de colusión en el mercado nacional, que es una respuesta bastante automática y uniforme a este fenómeno económico, es curioso el rechazo instintivo y automáticamente unánime de parte de los actores políticos que, sin importar su ideología, se cuadran en contra de la colusión.

Pero, ¿qué es estar contra la colusión? ¿Es estar a favor del trajinado libre mercado? ¿Es inconsecuente la izquierda al alinearse en el rechazo a la colusión?

La primera de las interrogantes planteadas no tiene respuesta unánime, siquiera entre los estudiosos de esta zona tan gris del derecho económico. A nivel político el diagnóstico es peor. Nos encontramos en un momento de populismo ideológico tal que no es posible distinguir una posición ideológica económica en los actores de la izquierda. Más allá de las definiciones de nuestras declaraciones de principios, Radicales, Socialistas y Comunistas tenemos en común el no hablar de economía -debiendo hacerlo- sin tener un plan más allá de los principios y que se base en ellos. No tenemos, en suma, idea de cómo combatir el programa económico neoliberal en marcha desde mediados de los 70 en nuestro país. Estamos desarrollando una política de reacciones.

Y digo tajantemente, una vez más; la izquierda no presenta un programa económico actualmente. Podemos estar en contra de muchos aspectos del funcionamiento de la economía en concreto, podemos tener alguna idea de los objetivos que creemos esperar de una economía mejor, pero no tenemos un programa concreto.

La izquierda hoy está en contra de la colusión, del sistema de pensiones, de la desigualdad económica. La izquierda, entonces, asume en este esquema un rol ignorante: acusa fallas del mercado, buscando corregirlo, paso a paso, sin proponer realmente un modelo distinto.

Estar en contra de la colusión no debe ser entendido necesariamente como estar a favor del libre mercado. Puede significar estar a favor del interés de los consumidores, de la atomización de la economía o de los derechos sociales. Sí, de los derechos sociales. Gran parte de los derechos sociales de segunda generación se crean, justamente, bajo el sentido de domesticar el poder social de los empleadores (derechos laborales), los proveedores (derechos del consumidor) o los gigantes económicos (derecho de la competencia). Desde este punto de vista, cabe, por ejemplo, plantear un modelo socialdemócrata de economía atomizada y democrática, o un modelo radical de economía libre estatalmente domesticada (a través del Estado Empresario).

Desde la izquierda hemos sido inconsecuentes, pero no al alinearnos contra la colusión. Hemos sido profundamente inconsecuentes por no hablar de verdad, de frente, y señalar con el dedo al gran problema. La colusión es el ejemplo más vil y dañino del poder social que detentan ciertos grupos económicos que, insatisfechos con los abusos habituales y naturalizados contra sus trabajadores y consumidores, se agrupan entre sí, para crear una competencia ilusoria y bastarda.

La colusión es la prueba más patente de que el libre mercado no solo no funciona, sino que además no existe. Lamentablemente es la prueba, también, de que la izquierda no está proponiendo un programa económico distinto. Tácitamente nos dividimos el trabajo y la izquierda se ha encargado de parchar y enmendar el programa de la derecha, que se encarga de marcar la pauta económica desde hace ya más de cuarenta años.

Matías Benfeld Garcés

Secretario Regional de la Juventud Radical Regional Valparaíso

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